Los días de Lutero eran días de gran decadencia espiritual y corrupción dentro de la Iglesia Católica Romana la cual reclamaba ser la iglesia verdadera y única. Este proceso de reforma se comenzó siglos antes y hay figuras muy prominentes que se levantaron en sus días para llamar la atención a la necesidad de un regreso a los fundamentos primarios de la fe y de la enseñanza de Cristo. Súmele nombres como Zwinglio, San Jerónimo de Praga, San Jerónimo de Savonarola, Juan Huss y otros que antes de Lutero dejaban oir su voz de protesta y llamado al arrepentimiento dentro de la iglesia. Así que el 31 de Octubre de 1517, cuando Lutero clavo sus 95 tesis en la puerta del Castillo de Wittember; se culminaba un largo periodo de búsqueda de una autentica reforma de la iglesia.
Definitivamente el Espíritu Santo nunca a dejado apagar la antorcha de la fe; y ha mantenido encendida la llama del avivamiento, despertando y motivando hombres y mujeres a una vida de autentica busqueda del rostro de Dios.
Por ello podemos decir, no hay reforma sin avivamiento, ni verdadero avivamiento sin reforma. Cuando dejamos apagar el fuego del Espíritu la vida de hombres y pueblos se corrompe; cuando la llama se re-enciende el resultado sera siempre la reforma.
Necesitamos en nuestros días una verdadera reforma, pero para ello tenemos que buscar un poderoso avivamiento en nuestras vidas y en nuestras iglesias. Cuando dejamos apagar el Espíritu, no solo la adoración es hueca; también es hueca la vida de los adoradores. Al conmemorar la Reforma, tenemos que pedir a Dios que traiga un derramamiento de su Espíritu, para que la iglesia regrese “al primer amor”.


